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martes, 26 de agosto de 2014

El final del verano



  
 Art credit: Gabor Szilasi



 
Los días de verano ofrecen otra dimensión del espacio y del tiempo. Una donde todo es relativo y posible. Año tras año, la vida nos da la oportunidad de ser fieles a nosotros mismos, al niño que fuimos, al que se le erizaba el vello solo con pensar en el largo invierno y en la perspectiva de otro año más de reclusión académica, y que nos sigue tentando con la idea de no regresar.

Pero acabamos cediendo a una imposición que no sabemos muy bien de dónde viene ahora que somos adultos y supuestamente libres. Habría que ser muy valiente para, por una vez, permanecer en el destino escogido más allá de los siete días y seis noches pactados, para empezar una nueva vida con la última muda limpia que llevamos puesta y una maleta llena de ropa sucia y de souvenirs que nunca entregaremos a sus destinatarios.

No he cumplido ese sueño. Todavía. Ni conozco a nadie que lo haya hecho. Una vez, tras bajar del avión que me traía de regreso a casa, tuve el impulso de recoger mi equipaje (el que contenía la ropa sucia y los souvenirs) de la cinta transportadora e ir al panel de salidas para subir a otro avión con un destino al azar. Solo llegué a leer el panel, a barajar dos o tres ciudades y dirigirme luego, vencida, a la cola del taxi con la sensación de haber perdido una batalla en la que el único enemigo era yo.

En otra ocasión, junto a un amor de verano que me acompañó al aeropuerto para coger mi vuelo de regreso a Barcelona, casi cometimos la locura, yo con equipaje y él no, de tomar un avión con destino a Delhi para no tener que decirnos adiós. Ojalá lo hubiéramos  hecho.

domingo, 20 de julio de 2014

Cine de verano



 


No es necesario contar con la explanada de un castillo, un parque o una playa urbana para improvisar un cine de verano. Cielo sobre nuestras cabezas y unas pocas estrellas que se dejen ver, a pesar de las luces de la ciudad, para los afortunados que tengan terraza; para los que no, luz tenue y ventanas abiertas por las que circule algo de brisa, son más que suficiente.

Las propuestas son variadas y todos los personajes bienvenidos para hacernos compañía en el verano de la ciudad. Marilyn, Audrey, Marion, Bill, Gregory; Berlín, Roma, Nueva York, Venecia, y sin hacer cola en el mostrador de facturación ni añorar encuentros inesperados que podrían ser, pero que este verano, de momento, parece ser que tampoco. 



Vacaciones de Ferragosto (2008), Gianni Di Gregorio

Verano en Berlín (2005), Andreas Dresen

Moonrise Kingdom (2012), Wes Anderson

Submarine (2010), Richard Ayoade

Pequeñas mentiras sin importancia (2010), Guillaume Canet

Le Skylab (2011), Julie Delpy

L’ultimo bacio (2001), Gabriele Muccino

Locuras de verano (1955), David Lean

Vacaciones en Roma (1953), William Wyler 

La tentación vive arriba (1955), Billy Wilder